Por Astrid Cuevas
Hay dolores que no se nombran, porque las palabras no alcanzan. Hay ausencias que no se superan, solo se aprenden a cargarlas. Para Luz Bethania Antigua, han pasado 16 años y, aun así, el tiempo no borra, solo enseña a respirar distinto.
Su historia no comienza en la fundación que hoy dirige, sino en una pérdida que la dejó, como ella dice, “en un lugar del que no sabía cómo salir”. Su hijo, Alam Cabrera, era un joven muy sensible que padecía una depresión severa y estaba bajo tratamiento, sin embargo, su condición fue avanzando en silencio hasta llevarlo a perder la vida. Dos años en cama, una depresión profunda, tratamientos y una decisión, levantarse. No solo por ella, sino por otros.

De ese proceso nace la fundación “Alam Cabrera, Un Pedacito de Cielo”, un espacio donde el dolor se transforma en acompañamiento, y donde la salud mental deja de ser silencio para convertirse en conversación.
Entrevista.
ROCE SOCIAL: ¿Quién es Luz Bethania Antigua en esencia?
LUZ BETHANIA: Definirme no es fácil, porque he vivido muchas situaciones, no solo esta. Pero yo diría que soy una mujer fuerte, madre de tres hijos, hermana, hija, amiga, emprendedora y fui esposa. Tras mi divorcio, me dediqué por completo a trabajar y sacar adelante a mis hijos, y esa experiencia me hizo más resiliente. Soy una mujer que no se detiene ante nada.
Después de vivir una pérdida tan profunda, he tenido que levantarme desde el dolor más grande y, a pesar de eso, encontrar fuerzas para seguir adelante. Hoy, más que enfocarme en lo que perdí, trato de enfocarme en lo que puedo dar. En ayudar, en servir, en acompañar a otros que están pasando por situaciones similares.
Siempre digo que ayudar ha estado en mi esencia. Incluso antes de esta tragedia, yo tenía la intención de crear una fundación para apoyar a mujeres víctimas de maltrato. Nunca la concreté, pero entiendo que la vida tenía otro propósito para mí.

RC: ¿Qué significado tiene para usted la Fundación Alam Cabrera?
LB: La fundación representa muchas cosas para mí, pero sobre todo es el legado que quiero dejar. Es la manera en la que puedo transformar el dolor en algo útil, en algo que tenga impacto en la vida de otras personas.
Es también una forma de evitar que otros pasen por lo que yo viví. Esa experiencia es algo que no se lo deseo absolutamente a nadie. Han pasado 16 años y uno aprende a convivir con el dolor, pero no desaparece. Es una herida que siempre está ahí.
La fundación nace precisamente de esa pérdida, y por eso tiene un valor tan profundo. Es una forma de mantener vivo el nombre de mi hijo, de que su historia trascienda, de que su vida siga teniendo un propósito a través de lo que hacemos.
Yo quisiera que esta fundación continúe incluso cuando yo no esté, que crezca, que se fortalezca y que llegue a más personas. Ya hemos visto resultados de jóvenes que han encontrado ayuda, personas que han cambiado su rumbo, familias que han recibido orientación, eso me confirma que vale la pena seguir, a pesar de las limitaciones.
RC: ¿Cómo logró transformar una experiencia tal personal en un proyecto que hoy impacta a tantas personas?
LB: No fue un proceso inmediato. Después de lo que viví, pasé aproximadamente dos años en un estado muy crítico. Estuve en cama, atravesando una depresión profunda que me llevó incluso a ser ingresada.
En ese momento tomé la decisión de someterme a tratamientos de salud mental. Entre ellos, la terapia electroconvulsiva, que muchas personas temen por desconocimiento, pero que en mi caso fue clave para poder salir adelante.
Gracias a ese proceso, y a los avances que existen hoy en día en el tratamiento de la depresión, pude empezar a recuperar mi vida.
Esa experiencia me cambió completamente la perspectiva. Me hizo entender que, aunque el dolor no desaparece, sí puede transformarse. Y fue ahí donde encontré un propósito, usar mi historia para ayudar a otros.
Hoy puedo decir que es posible salir de ese lugar oscuro, y que buscar ayuda hace la diferencia.

RC: ¿Qué tipo de acompañamiento ofrece la fundación?
LB: Nuestro enfoque principal es la salud mental, tanto desde la atención como desde la prevención. Contamos con profesionales como terapeutas y psiquiatras que trabajan directamente con las personas que acuden a nosotros.
Atendemos casos de depresión, ansiedad y otros trastornos, que hoy en día son cada vez más frecuentes. Muchas personas llegan en momentos muy vulnerables, y nuestro objetivo es brindarles apoyo oportuno.
Pero algo muy importante es que no solo acompañamos al paciente, también a la familia. Muchas veces los familiares no saben cómo manejar la situación, y eso genera un nivel de estrés muy alto. El cuidador también necesita ser atendido, porque puede desarrollar afectaciones emocionales importantes.
Además, tratamos de apoyar a personas que no tienen los recursos para pagar consultas privadas, porque hoy en día recibir atención en salud mental sigue siendo un privilegio.
La realidad es que en nuestro país la salud mental sigue siendo un tema poco atendido, incluso tabú. Sin embargo, debería tener la misma importancia que cualquier otra especialidad médica.
RC: ¿Por qué es importante acompañar también a la familia?
LB: Porque la familia también vive el proceso, y muchas veces no sabe cómo manejarlo. Nosotros damos acompañamiento tanto al paciente como a sus familiares, porque el que está al lado también sufre. Es una preocupación constante, un desgaste emocional muy grande.
El cuidador, la persona que se encarga de alguien con un trastorno de salud mental, también necesita ser acompañado. Porque ese nivel de estrés puede generarle incluso un trastorno de salud mental, es una cadena.
Si tú no acompañas a la familia, la situación se hace más difícil, porque no hay herramientas para entender lo que está pasando ni para saber cómo actuar. Por eso el acompañamiento no puede ser solo al paciente, tiene que incluir a todo su entorno.
RC: ¿Cómo está siendo percibida la salud mental en la República Dominicana?
LB: Todavía es un tema tabú. Muchas personas no quieren hablar de salud mental, ni reconocer que necesitan ayuda. Existe un estigma muy fuerte cuando se trata de acudir a un psicólogo o psiquiatra, como si eso fuera algo negativo o vergonzoso.
Por eso insisto tanto en la necesidad de desmitificar este tema. La salud mental es igual que la física. La diferencia es que no se ve, pero sus efectos pueden ser igual o más graves.
Mientras no haya un cambio cultural, y mientras la sociedad, el gobierno y el sector empresarial no le den la importancia que merece, seguiremos rezagados en este aspecto.
RC: ¿Las escuelas deberían educar a los jóvenes sobre la salud mental?
LB: Sí, totalmente. Debería haber más espacios dentro de las escuelas para hablar de estos temas, ya sea a través de programas, charlas o incluso asignaturas. He tenido experiencias compartiendo con jóvenes, tanto en República Dominicana como en otros países, y el impacto ha sido muy grande. Los jóvenes necesitan ser escuchados.
Problemas como el bullying, la ansiedad o los conflictos familiares afectan profundamente a los estudiantes. Y muchas veces no tienen herramientas para manejarlo.
La prevención es clave, y la educación juega un papel fundamental en eso.
RC: ¿La fundación recibe apoyo de alguna institución del Estado o de personas particulares?
LB: Lamentablemente no, el apoyo ha sido muy limitado. He intentado acercarme tanto al sector gubernamental como al sector privado, pero en muchas ocasiones las propuestas no pasan de ser conversaciones.
Entiendo que debería haber un mayor compromiso, especialmente por parte del empresariado, porque estamos hablando de salvar vida, es lo más importante de cualquier organización.
Sin embargo, la realidad es que seguimos operando con muchas limitaciones, principalmente por falta de recursos.
RC: ¿Qué significa para usted sostener este proyecto sin apoyo?
LB. Es un gran reto, tanto a nivel emocional como práctico. Implica cargar con una responsabilidad muy fuerte, pero también es algo que asumo con determinación.
Yo me considero una mujer guerrera. No me rindo. A pesar de las dificultades, sigo adelante porque sé que lo que estamos haciendo tiene un propósito.
Tengo un sueño muy claro: crear un centro integral de salud mental, donde las personas puedan recibir atención digna, humana, con las condiciones adecuadas. Un lugar donde no se sientan encerrados ni estigmatizados, sino acompañados.
Porque muchas veces la forma en que se maneja la salud mental puede incluso empeorar la situación del paciente y eso es algo que necesitamos cambiar.
RC: ¿Qué mensaje le gustaría dejarle a la sociedad de su historia y su labor?
LB: La empatía.
Creo que eso resume todo. Necesitamos ser más empáticos, aprender a ponernos en el lugar del otro, entender que cada persona puede estar atravesando una lucha interna que no vemos.
No se trata solo de mi historia, sino de todas las historias que existen alrededor. La empatía puede salvar vidas.
Si lográramos ser más conscientes, más humanos, más sensibles al dolor ajeno, muchas cosas podrían cambiar.
Un testimonio de resiliencia
La historia de Luz Bethania Antigua es un testimonio de resiliencia y transformación. A través del dolor, ha logrado construir un propósito que hoy impacta la vida de otras personas.
Su voz no solo narra una experiencia personal, sino que también abre una conversación urgente sobre la salud mental, el acompañamiento y la empatía.
La Fundación Alam Cabrera representa mucho más que un proyecto, es un legado, una forma de dar sentido a la pérdida y de evitar que otras familias vivan el mismo dolor.
En una sociedad donde aún cuesta hablar de estos temas, su mensaje resuena con fuerza, escuchar, acompañar y ser empáticos puede marcar la diferencia.
Porque, en muchos casos, un gesto a tiempo puede salvar una vida.
