Vivian Jiménez
No importa qué tan hartos estaban de la República Dominicana, de los tapones, de los políticos, de los motoristas, de estar en “olla”, de la bulla, de los apagones, de la corrupción gubernamental, de los hoyos en las calles, de la miseria (propia o ajena), de la carestía de la vida, de la escasez de agua, de los cúmulos de basura, de la gente pendenciera, de los perros realengos, de los limpiadores de vidrios en los semáforos y de los trabajos mal pagados.

Tampoco importa lo mucho que odiaran a los gobiernos de turno, las caóticas campañas electorales, las llamadas molestosas de los bancos, la complicación para realizar cualquier trámite burocrático, la falta de espacio para estacionamiento, la mala calidad de muchos productos, la música estridente de los colmados, el concierto desafinado de bocinas en las calles, la invasión de letreros que no dejan ver el sol ni el cielo, las inundaciones en las avenidas cuando llueve, los parqueadores que privatizan áreas públicas, las malas palabras de los conductores y las imprudencias de las guaguas voladoras.
Mucho menos cuentan las telarañas en el tendido eléctrico, la ocupación de las aceras, el mal servicio al cliente de muchas empresas, el aire envenenado por tanta contaminación, las plagas de mosquitos, cucarachas y ratas, las cañadas de aguas putrefactas, la arrabalización, la falta de educación, los hospitales sin gasas ni aspirinas, la falta de higiene de los mercados públicos, el indispensable tráfico de influencias para lograr lo más mínimo, el mal olor de las cloacas desbordadas y tener que vivir entre rejas, mientras los delincuentes andan sueltos.
Hay algo denominado nostalgia, que la Real Academia Española define como: “Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos” y como: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Una palabra mágica que hace que todo lo malo desaparezca, se olvide, se minimice e incluso se idealice. La nostalgia es, exactamente, el sentimiento que acompaña a la inmensa mayoría de los dominicanos en el exterior y de inmigrantes de todas las nacionalidades, no importa el país de destino ni el éxito alcanzado allí.
Sobre esa base, vienen otros “no importa”, pero a la inversa. No importa lo hermoso, grandioso o pródigo sea el país de acogida; no importa que la gente sea más educada, más hermosa, más fina; no importa que se tenga al alcance de la mano lo que la propia tierra negó, no importa que todo sea más fácil, más organizado, más limpio, más beneficioso…
El hecho es que en el país de origen es donde están grabados los recuerdos, el que guarda el cargamento de toda una vida, donde descansan los seres queridos que partieron de este mundo, donde aún quedan familia, amigos, colegas, costumbres, escenarios de momentos indelebles. Nada de eso lo borra otro país que, por maravilloso que sea, va perdiendo su encanto, porque todo paraíso deja de serlo cuando se vuelve permanente y porque para unos se torna inhóspito, para otros frustrante y para todos, ajeno.
La consecuencia es el permanente deseo de volver, aunque sea “de visita”, porque, otra característica de la nostalgia es que sublimiza y magnifica lo bueno. De modo que, para el dominicano en el exterior, la Zona Colonial (que muchos nunca pisaron cuando vivían en el país por falta de interés), es ahora la mayor de todas las maravillas; las playas son las mejores del mundo, las mujeres las más bellas y los hombres los más varoniles; los pueblos, campos y montañas los más encantadores, la gente la más simpática y la comida la más sabrosa. Hay incluso quienes califican como “aventura divertida” calamidades tales como los apagones y los apretujamientos del transporte público.
Es así como el país se convierte en un imán en permanente actividad para la generalidad del dominicano en el exterior, que siempre está planificando el próximo viaje, cacareado infinitas veces, un proyecto que, en algunos casos, nunca deja de ser solo eso o cuya realización tarda más de lo deseado. El trabajo, los estudios, los “appointments” médicos y aun la situación económica de muchos, no siempre tan holgada como creen los allegados del patio, se erigen como obstáculos.
Aquellos con mejor situación o suerte, van con frecuencia para Navidad. “Llegó Juanita”, el emblemático merengue de Milly Quezada, les da la bienvenida. No importa que los pasajes estén caros y los vuelos abarrotados, y que en la barahúnda se pierdan las maletas. Nada como pisar “Santo Domingo” en Navidad y ¡a bailar y a beber se ha dicho!
¿Por qué no regresan definitivamente? Hay quienes lo han hecho, parte de los cuales tuvieron que dar marcha hacia atrás algún tiempo después. ¿Quién iba a pensar que costaría tanto readaptarse? Para la mayoría, es un proyecto difícil, más cuando hay hijos nacidos y criados en el país de destino, sin vínculos con el terruño natal de sus progenitores, a veces, sin siquiera hablar el mismo idioma.
Pero, en general, el obstáculo es la dura realidad que, cual bofetada, hace que todo aquello que los forzó a emigrar y que supuestamente dejó de importarles, los golpee en un destello de lucidez a la hora de tomar la decisión. Entonces, solo queda la nostalgia, ese doloroso refugio que no desaparece nunca, para soñar con lo que debió haber sido y no fue.
