Trazarse metas para el nuevo año que se avecina es una de las costumbres más típicas de la época navideña, propicia para la reevaluación y redefinición de propósitos. Y mientras despedimos este atípico e inesperado 2020, es inevitable analizar también la forma en que evaluamos el camino recorrido y proyectamos el futuro.

Las altas expectativas para el 2020 no coincidieron con la realidad de estos meses en los que la pandemia nos sumió en la incertidumbre y el temor. Y llegar al termino de un año en el que tal vez no nos hemos acercado a nuestras metas, puede ser un poco avasallante.

Pero es válido ¡y justo! ser empáticos con nosotros mismos a la hora de sacar las cuentas. A fin y al cabo, pasar balance no se trata únicamente de poner números en rojo o asignar culpas, y, si algo nos ha enseñado el 2020, es cuán susceptibles somos ante lo imprevisible.

El fin de año sigue siendo una buena oportunidad para hacer las paces con las promesas no cumplidas, pero agregando siempre el aprendizaje de lo vivido.

El caballo se alista para la batalla, pero el Señor es quien da la victoria”, reza Proverbios 21:31. Y asi como la Biblia inspira las festividades navideñas, este pasaje nos resalta la importancia de hacer planes sin olvidar que ellos también dependen de la providencia. Aun si no eres creyente, sabes que no todo está en nuestras manos.

El 2020 nos ha enseñado que, además de los planes, nuestro programa también necesita fe, de que todo marchará a favor, y fortaleza, para resistir las tempestades que no podamos eludir.

Y si las cosas no salen como las deseamos, tal como dice una canción, “de todos modos, es suficiente sobrevivir a la pelea”.