Vivian Jiménez
Vivian Jiménez

Universo Cotidiano

Los avances en los estudios de la conducta humana han permitido que hoy haya una toma de conciencia con relación a temas que antes eran enemigos silentes del sano desarrollo emocional de las personas, como el bullying, el mobbing y el ciberbullying, términos que se refieren, respectivamente, al acoso escolar, laboral y a través del Internet.

¿Quién no ha sufrido alguno de ellos? La modalidad más conocida, comentada y repudiada es el bullying, por atacar a la parte más vulnerable de las sociedades: los menores de edad.

Hay casos que han terminado en suicidio y andan por ahí infinidad de adultos con baja autoestima, inseguridad, timidez y aislamiento social, que son algunas de las huellas que deja esa práctica maligna padecida en la infancia y adolescencia.

También hay personas que hoy presentan conductas antisociales, pues, en vez de acosados, fueron acosadores en tiempos en que este comportamiento ni siquiera tenía nombre y no fueron tratados por profesionales de la materia.

Pero el bullying no es una práctica exclusiva de los niños o adolescentes, pues muchos adultos lo practican contra otros, en una muestra de inmadurez, envidia o búsqueda de popularidad con un recurso que les funcionó en el pasado.

“Cuando se inventó la electricidad ya tu debías dos meses”, “si entras a la piscina se vacía”, “¿cómo has podido vivir con ese nombre?”, “se le salieron dos hilachas a tu falda”, “¿cómo está la temperatura allá abajo?”, son chistes frecuentes entre adultos que califican como bullying.

De “bromitas” o “relajitos” como esos están llenas las conversaciones diarias. Muchos de los aludidos siguen el juego y hasta ríen, pero en el fondo, les duele. A nadie le gusta que su punto débil sea tema de burla, y toda persona tiene o cree tener uno: peso, arrugas, estatura o rasgos físicos que no responden a los cánones establecidos, entre muchas otras posibilidades.

No todo el mundo tiene la asertividad para responder a este tipo de alusiones burlonas con las que se pretende divertir a quienes las escuchan, que en la mayoría de los casos, sin darse cuenta, se prestan al juego macabro de alguien que los utiliza como borregos para hacerse el simpático a costillas de la autoestima ajena o abusando de alguna posición de poder.

Porque, en definitiva, de eso se trata, de abuso de poder por parte del emisor, ejercido contra aquellos a quienes considera más vulnerables, y de falta de concienciación de ambas partes en el sentido de que la citada práctica es nociva y no debe ser tolerada ni mucho menos aplaudida.

La solución es más fácil cuando el bullying se produce entre adultos y no entre niños, pues un “basta” dicho con firmeza puede ser suficiente y si la práctica persiste, además, hay información, experiencia y mecanismos para salir airosos sin llegar a los golpes. La clave es identificarlo y pararlo.